Al dar las campanadas, cuento terrenal

La habitación era grande y estaba en penumbras. Las celosías se entrechocaban con el viento. En una silla hamaca Fabiana tejía y destejía un cuadrado de lana. La luz que se filtraba por las rendijas le bastaba, no necesitaba más. Lentamente con sus dedos torpes ejecutaba la tarea. Debía terminar las filas y luego deshacerlas antes de las cinco. Cuando el reloj diera las campanadas ella bajaría como siempre a la despensa. Hizo tintinear las llaves en el bolsillo de su delantal. Una sonrisa de satisfacción iluminó su cara. Estaban allí, ¡las tenía!

No había sido fácil conseguirlas. No había sido fácil convencer a su madre. Si miraba fijo hacia la ventana, a través de las rendijas de luz y de las celosías que se chocaban y volvían a unirse, podría ver a su madre. Estaba en la habitación azul, ellos la llamaban así. Para Fabiana aquel cuarto era gris, feo, descascarado, un cuarto viejo. A su madre le gustaba encerrarse allí, dormir la siesta en el diván de madera. Encerrarse y dormir. Esa habitación era para el bebé. Había pasado mucho tiempo desde entonces. El bebé no nació y la habitación se fue descascarando, perdió brillo y color. Sí –decidió– era gris, aunque Axel y Fabián no lo dijeran. Puso la mano en el bolsillo, quería tantear las llaves, entibiarlas cerca de su estómago, sentir que le pertenecían.

El reloj dio las cinco campanadas. Era el momento de bajar a la despensa. Muy pronto llegaría Axel del colegio y con él Fabián. Muy pronto despertaría su madre para tomar el té, o la merienda, como decía su hermano. El tejido se deslizó por el delantal y cayó al suelo. Fabiana no lo miró. Al escuchar las campanadas esa tarea había dejado de interesarle. Arrastrando un poco la pierna izquierda subió las escaleras. Antes de bajar a la despensa, debía vigilar a su madre por el agujero de la cerradura. No quería que la sorprendiera, no quería que la espiara. Eso no sucedería si ella se adelantaba y la espiaba primero.

 

El cuarto era luminoso. La mujer fingía dormitar en un angosto diván. Era excesivamente flaca, pálida y de pelo rojizo. Ojeras violáceas obscurecían su cara. Fingía dormitar y las pestañas se movían por la excesiva luz. Sabía que Fabiana estaba detrás de la puerta. Antes eso le hubiera molestado, ahora ya nada le molestaba. Necesitaba dormir, soñar cada vez el mismo sueño. “Este va a ser sanito, señora. Escuche los latidos, parece otro varón”. El medico se había equivocado… Ella se habla equivocado. Mejor cerrar los ojos para soñar con su bebe. No importaba que Fabiana espiara por el agujero de la cerradura, nada importaba ya, ni siquiera lo de las llaves.

Fabiana bajó con precaución las escaleras. Su madre se hacía la dormida. No corría peligro, podía entrar en la despensa. Pronto llegarían los demás.

 

Axel pateó la mochila con rabia. Había pasado otra vez. Otra vez los chicos riéndose en sus narices. Hasta Facundo, ese grandote estúpido se atrevió a desafiarlo.

-¡Si se te traba la lengua, si no sabés hablar! ¡Y te las tirás de traga! Aunque te recibas, pibe, ¿quién te va a tomar?

Y el coro de voces asintiendo:

-¡Aprendé a hablar! ¡Aprendé a hablar!

Se merecía la trompada. Dijera lo que dijera la directora. ¿Y si lo expulsaban? Axel pateó la mochila, después se sentó en el escalón de la entrada y observó la calle. Nada le pasaba a su cabeza –se dijo– no había nada malo ahí adentro. Reprimió un sollozo. “Nada malo Axel –se consoló– te gusta estudiar, podés hacerlo, no sos como la pobre Fabiana, como ella no”. Se estremeció al pensar en su hermana: ¿cómo la verían los demás?

El también veía los ojos extraviados, el labio inferior caído, los movimientos torpes… Pero Fabiana no siempre era así, a veces le brillaban los ojos y se reía. Su hermana era distinta. No quería pensar en la otra palabra y menos ahora que su madre le había dado las llaves. ¡Qué difícil era todo cuando no estaba su tío Fabián! Cuando él llegaba, hasta su madre volvía a ser la de antes. Se sentaban los cuatro a tomar el té y… Al menos estaban los cuatro juntos.

Por suerte hoy venía Fabián. ¿Por qué tardaba tanto? Quería contarle su pelea con Facundo. Por suerte hoy venía Fabián y tendrían suficiente pan, leche y azúcar.

 

Fabiana cerró la puerta de la despensa, hizo girar la llave en la cerradura dos veces y volvió a deslizarla en el bolsillo de su delantal. Tenía el pan, el azúcar y la leche en polvo. Dos panes en lugar de uno y también una medida más de leche y azúcar. ¡Se había acordado! Hoy era jueves y él le daba un beso cuando llegaba, en cambio Axel ya nunca la besaba. Su madre sí. “Chiquitita” –decía-mi pobre chiquita”. Por eso le pidió las llaves.

Las tocó para asegurarse de que todavía estuvieran en el bolsillo. Sí, las tenía, su madre se las había dado. Era lindo que su mamá la besara aunque después se encerrara a dormir la siesta. ”No importa –pensó– ahora puedo entrar a la despensa.”

 

El hombre bajo y joven, de incipiente calvicie, se acercó sigilosamente al chico.

–Hola Axel, ¿esperando a alguna novia?

Axel se puso colorado, respiró profundo antes de hablar.

–Ssonso, ssi te esperaba a voss. Ve vení que mamá y Fabiana están adentro.

Fabián miró a su sobrino, con ademán protector le palmeó la espalda. Tenía que sacar al chico de ahí. Después se vería. Aquel maldito asunto de las llaves se le estaba escapando de las manos. Pocos días antes, Axel había llegado a su departamento en un estado lamentable.

–No tengo toallas, ni sábanas limpias, no me dan bien de comer.

Lo había dicho todo de un tirón. Muchas veces cuando iba a su departamento hablaba así: de un tirón, sin retener ni encimar las letras.

Esa misma tarde, Fabián había hablado con la madre. Mintió para proteger al chico y para tratar de sonsacarle lo sucedido.

–La portera del edificio de enfrente me vino con cuentos raros ¿Es cierto que Fabiana tiene todas las llaves de la casa?

Ella lo miró con desprecio.

–Es mi casa –recalcó en un susurro–puedo hacer lo que se me dé la gana.

–Como dejar con hambre a tu hijo y negarle ropa limpia –gritó.

Se abalanzó sobre él. Trató de golpearlo.

– ¡Cómo te atrevés! ¡Desgraciado!

Su furia le inspiró lástima, culpa y más furia por estos sentimientos. Para alejarlos, trató de abrazarla. Ella se apartó. Parecía casi tranquila.

–Voy a dormir un rato –murmuró–. En la cocina tenés café.

Esa tarde trató de proteger a Axel y averiguar. Descubrir que también él estaba indefenso lo preocupó. Antes lo creía posible. ¡Aquél maldito asunto de las llaves!

Ahora Axel le tironeaba la manga del saco. El chico soportaba mal los silencios, la indecisión antes de entrar.

–Vamos Ffa fabiann. Ya es hora.

–Sí pibe. Vamos.

 

Fabiana ocupaba la cabecera de la mesa. Cortó el pan en trozos deformes y lo distribuyó con injusticia. El pedazo más chico para Axel, la punta para su madre, una generosa porción para Fabián y el resto para ella. La leche, el agua y el azúcar estaban dispuestos en desorden sobre la mesa. Cada uno de ellos tenía un recipiente distinto frente a sí. Fabiana había reservado para el té, los trastos más cachados de la exquisita porcelana. El resto de las piezas, la platería, las copas de cristal y los manteles de hilo estaban guardados bajo llave en el armario de la despensa.

Tomaron la leche tibia en silencio. La madre revolvía el contenido de su taza sin mirar, sin ver. Fabiana reía con la boca llena y arrojaba migas de pan al suelo chillando de placer.

–Son para el gato –repetía– son para el gato.

A las siete Fabián se despidió y fue hacia la puerta. Axel insistió en acompañarlo. De repente, lo abrazó llorando.

–No puedo más. No puedo más. Ellas …

–Ellas que se las arreglen –gritó con rabia–. Escuchame Axel –lo zamarreó–. Escuchame y no me interrumpas. Voy a sacarte de acá. Esto se acaba, ¿me oís? Vos te venís a vivir conmigo.

Se abrazaron. La puerta crujió. Fabiana los espiaba. Retrocedió y entró en la casa.

Cuando llegó a la vereda, Fabián empezó a arrepentirse. Se estaba equivocando. No debería irse así. No estaba bien que se fuera así.

 

El reloj atrasaba. Axel ajustó las manecillas y puso la alarma. “Lo único que falta es que mañana me quede dormido” –pensó. Estaba orgulloso de su nota en puntualidad. “Ni una sola llegada tarde Axel, te felicito”. El profesor se lo había dicho delante de toda la clase. Entonces el grandote Facundo hizo ese gesto. Tenía envidia, seguro que tenía envidia. Ahora estaba más tranquilo. Fabián se había ido preocupado y hasta había prometido llevarlo con él. Eso le gustaba. No podía irse, no podía dejar a su madre y tampoco a su hermana, pero Fabián quería llevarlo con él. Eso le gustaba. Axel se removió inquieto en la cama, estaba cansado pero no tenía sueño, lo sucedido en el colegio todavía lo preocupaba.

 

Fabiana se sentó en la silla hamaca y buscó su tejido en el suelo. Eran las once en punto. Había contado las campanadas. Axel pensaba que ella era tonta y no lo era. A las doce dejaría la manta. Axel estaría dormido a esa hora y podría bajar a la despensa en puntas de pie. Él había prometido venir esa noche y sacarla de ahí. Antes ella se lo pedía y nada “Cuando tengas las llaves –decía–, cuando las consigas va a ser más fácil salir”. Ahora ya las tenía.

Al dar las campanadas dejó caer el tejido. Como todas las noches bajó las escaleras en puntas de pie. La puerta de la despensa chirrió al abrirse. Fabiana retrocedió asustada. “No importa –pensó–, están dormidos”. Primero abrió el armario y revisó: todo estaba en orden, cada cosa en su lugar.

Al oír el silbido destrabó la puerta de servicio. Abrió despacio pensando que esa noche era la última y que lejos de esa casa todo sería distinto. “Entrá, entrá” –susurró ella en la oscuridad.

Entonces él la empujó, ella se tambaleó y no pudo sostener las llaves que resbalaron de su mano al suelo.

Fabián las recogió y, sin mirarla, caminó directo hacia el armario. Todos los objetos valiosos estaban allí, y no había tiempo que perder.

No supo en qué momento entró el otro ni cómo logró inmovilizarlo con dos brazadas de nadador experto. La figura alta y musculosa surgió como un fantasma en medio de la penumbra y le cortó el paso hacia el objetivo. Mientras lo sostenía dolorosamente preso en el suelo, con una rodilla en el abdomen y una mano al cuello cortándole la respiración, oyó la voz conocida en un tono enérgico y varonil.

-!Querías robarnos, Fabián! Pero estoy yo. Mi madre y mi hermana no pueden arreglárselas solas, ellas me necesitan, ¡y yo nunca las voy a abandonar! –Y esta vez Axel no tartamudeó.

 

 

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