Esperanza, un cuento de Adviento

ESPERANZA

por María Brandán Aráoz

 

Esperanza vivía en un pueblo perdido de la provincia de Buenos Aires.

Todos los días caminaba las diez cuadras que separaban su rancho de la pequeña iglesia para ayudar al cura. El “padrecito Luis” –como le gustaba llamarlo- daba clases de catecismo a los chicos, y Esperanza les hacía un guiso para que volvieran a las casas con menos hambre.

Después había que baldear y trapear la iglesia, hasta que se viera bien bonita, sobre todo en esa época tan cercana a la Navidad.

A veces, el sacerdote la sorprendía mirando fijo hacia la calle, como si aguardara una visita.

-¿Todavía lo espera? –le preguntaba con piedad.

-Sí, padrecito. Aunque ya llevo pa diez años así… si por mí fuera, ¡esperaría toda la vida! –y los ojos se le nublaban de lágrimas.

El párroco ya no tenía palabras para animar a aquella mujer, su gran colaboradora; le dolía como propia esa vida cargada con el peso de la espera y de la tristeza.

Se acercaba el Adviento. De repente, el sacerdote creyó haber encontrado algo que podría aliviarla.

-Esperanza, quisiera pedirle un favor. Ahora que se acerca la Navidad…

-Mande, padrecito, usté sabe que yo hago lo que sea. Mi único consuelo es venir a su iglesia.

-Querida hija, esta iglesia es de todos, y tan suya como mía. Quería encargarle que este año me haga la Corona de Adviento. Las ramas, las velas, todo tiene su significado, ¿sabe?

Esperanza se ruborizó de alegría. ¡Hacer ella la Corona de Adviento! Siempre la hacía la señora del farmacéutico que era tan habilidosa para armar ramos y decorar con flores la iglesia. Y esta vez el padre Luis ¡se lo pedía a ella!

-Padrecito, yo soy una ignorante. Pero basta que usté me explique…

Él le explicó, con el modo suave que usaba para enseñar a los niños el catecismo; le explicó hasta que Esperanza sintió que la mente se le llenaba de un nuevo entendimiento, y los ojos de lágrimas.

Sí, ella haría la corona, y pondría las velas, una por una. Pensó sobre todo en la que llevaba su nombre por aquellos que anhelaban al Salvador del mundo. ¡Ah, cómo anhelaba ella que el Salvador le concediera su único sueño!; que la librara del dolor de la espera, mes a mes, año tras año. Tantas veces le había rezado, rogándole que esa Navidad el niñito le diera el consuelo…

Tardó días en entrelazar las ramas porque con cada una susurraba cien plegarias. Cuando la corona estuvo completa fue el turno de poner las velas. La primera llevaba su nombre y se la ofreció al Salvador con la misma fe de aquellos que lo anhelaban. Después puso las demás y, por fin, con la tristeza que da desprenderse de la propia obra, la entregó en manos del cura.

-¡Quedó muy linda! Y mire que se tomó su tiempo, Esperanza.

Sí, hubiera querido responderle ella, diez años me tomó, diez largos, tristes y solitarios años. Porque de pronto sintió que ya era libre, que toda la espera y la esperanza habían quedado depositadas en la corona, y en el Salvador.

Esa tarde regresó a su casa con el ánimo más ligero y el paso rápido de una adolescente.

Al llegar a la esquina oyó el llamado. El corazón se le detuvo en el pecho. “No puede ser”, se dijo. Tuvo miedo de darse vuelta y que todo fuera mentira, chocheras de vieja. Volvió a oír el llamado y, despacio, se atrevió a volverse. Un hombre alto y delgado, vestido con ropas de pobre, la miraba con infinita tristeza.

-Madre, ¿no me reconoce? ¡Es que ha pasado tanto tiempo!

Entonces ella corrió, y se abrazaron largo rato en un silencio de sollozos. “Gracias, mi Salvador”, pensó estremecida. “Porque mi hijo estaba perdido y ha vuelto”.

Y sonrió al pensar que al día siguiente era domingo; que lo llevaría a la iglesia para que lo viera el padrecito Luis. Era domingo, y juntos verían encenderse la luz de la Esperanza en la Corona de Adviento.

 

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