“Enredos de Colegio”, leé los capítulos 1 y 2

Capítulo 1: El colegio Santa Magdalena Sofía

El domingo, la valija de Sol pesaba demasiado; cada dos pasos tenía que cambiarla de mano. Su madre y su hermana menor la habían dejado en la vereda, frente al portón de rejas, tal como ella les pidió. Odiaba las despedidas, además tenía miedo de que Rosita se pusiera a llorar otra vez. Después pensó que ya tenía ocho años y se olvidaba de las cosas tristes bastante rápido. “Al principio extrañaba mucho a papá, ahora casi nunca lo nombra. Pronto se va a olvidar de mí también”. Eso la puso tan triste que se prometió a sí misma escribirle muchas cartas hasta las vacaciones de julio. ¡Y pedirle que se las contestara!

La entrada al colegio Santa Magdalena Sofía era más grande de lo que recordaba. Si bien de aquella primera visita con su madre recordaba bastantes cosas: los largos corredores, las aulas con mucha luz, los jardines… Las canchas de tenis, la pileta y el enorme salón de actos habían entusiasmado mucho a su madre. “¡Qué lindas instalaciones! -ponderaba-. Se ve que es un buen colegio”.

Apenas Sol apoyó el dedo en el timbre, se abrió la puerta y una monja bajita con hábito negro y toca blanca la miró sorprendida.

-Soy la hermana Cora, la portera -se presentó-. ¿Cómo es que te trajeron el domingo, pobre niña? Las demás pensionistas llegan mañana.

Sol no supo qué contestar.

-¡Vamos, hija! ¡No te quedes ahí parada, entrá, entrá!

Le sonrió afectuosa mientras se hacía cargo de la valija. Sol también sonrió porque la monjita parecía buena y simpática.

Tras caminar unos pasos, la hermana Cora se detuvo frente a una puerta doble de madera, y entraron en una sala.

-Consolate, hija, que no sos la única -dijo con alegría.

Sentada en una banqueta, había una chica más o menos de su edad, alta, delgada y con la cabeza llena de rulos. Tenía las mejillas acaloradas y cruzaba y descruzaba las piernas pateando todo el tiempo su valija.

-Esperen aquí, niñas, que ya viene la rectora.

La hermana Cora se fue con un revoleo de polleras.

Por fin la de rulos dejó las piernas quietas.

-¿Cómo te llamás? -le preguntó Sol.

-Alicia. ¿Y vos? -contestó ella.

-Sol. Parece que llegamos antes, ¿no?-dijo preocupada.

-¡Ojalá no hubiera venido nunca! -exclamó la otra-. Pero papá siempre hace lo que le dice el abuelo. ¡Es una desgracia!

-¿Y tu mamá?

-Mamá murió. -Hizo una pausa y después miró desafiante a Sol-: Yo soy de la provincia de Santa Fe, del campo, me gusta estar al aire libre, andar a caballo. Y ahora ellos quieren educarme como a una señorita -dijo con amargura.

-Yo entro a primer año, ¿y vos? -se le ocurrió decir a Sol, algo intimidada por tantas confidencias.

-También -dijo Alicia.

Hubiera querido preguntarle otras cosas porque la intrigaba esa chica alta, con rulos y un carácter más bravo que el suyo; estaba segura de que se harían amigas. Pero no hubo tiempo para más charla porque la puerta se abrió de golpe, y la rectora hizo su entrada triunfal.

Era bajita, robusta y muy sonriente. Apenas la vio, Sol supo que también era severa. Ella conocía esa clase de mirada. Así las miraba su padre cuando estaba a punto de aceptar el trabajo en España y les decía: “Deben comportarse como chicas grandes”. La misma mirada que tenía su madre cuando las dejaba para irse a trabajar.

La rectora interrumpió sus pensamientos.

-Sol, Alicia, ¡bienvenidas! Me alegro mucho de que hayan llegado hoy. Como ven, ya conozco sus nombres; ustedes pueden decirme Matilde -y haciendo una pausa agregó-: Mañana daré una charla general con recomendaciones para todas las pensionistas. Mientras tanto, pueden ubicar sus cosas en el dormitorio; la hermana Cora las va a acompañar.

Antes de irse, les entregó varias hojas escritas y, sin perder la sonrisa, les explicó:

-Son los reglamentos del colegio. Deben cumplirse al pie de la letra. Léanlos bien esta noche, así mañana entenderán mejor la charla y, al finalizar, podrán hacerme sus preguntas.

Después tocó un timbre escondido en el respaldo de un sillón y sin esperar a la hermana Cora, salió taconeando por los pasillos.

-Parece muy estricta, ¿no? -opinó Alicia.

Sol, que opinaba lo mismo, quería conservar alguna esperanza.

-A lo mejor se hace la estricta para que la respeten.

-¿En serio pensás eso? -Alicia la miró incrédula.

Sol iba a decir que no, que a ella la rectora la había asustado un poco, pero en ese momento la portera les hacía señas desde el pasillo para que la siguieran.

El dormitorio fue una sorpresa. Era interminable de largo, dividido por muchos tabiques. Cada cubículo, idéntico al anterior y al siguiente, tenía una cama estrecha con colcha floreada, una mesa de luz, una silla, un ropero de tres estantes y una cortina, del mismo estampado que la colcha, que hacía las veces de puerta.

En ese lugar, que no tenía nada de cálido ni de hogareño, la hermana Cora les dio una buena noticia.

-Por ser las primeras en llegar, pueden elegir sus cuartos.

Eligieron dos compartimentos seguidos, con un caño de calefacción que los comunicaba.

-Podremos pasarnos mensajes escritos -le secreteó Alicia-. De noche, cuando apagan las luces, no te permiten hablar en el dormitorio. Me lo contó mi prima, que viene a este colegio desde el año pasado.

Así Sol se enteró de la existencia de Clara.

-No hay que hacerle mucho caso -la previno Alicia-. Está muy agrandada. Antes éramos amigas. Ahora… ¡parece una señora!

Esa noche, las dos únicas pensionistas de primer año comieron en el comedor general con las mayores; algunas eran alumnas del profesorado, otras cursaban cuarto y quinto año, pero todas parecían sentirse las dueñas del colegio. La rectora las trataba con especial deferencia y continuamente les preguntaba por sus compañeras.

Ellas dos comieron en el extremo de una mesa larga sin participar de la conversación. Alicia masticaba mecánicamente, con los rulos encima del plato, abstraída en sus pensamientos. Sol tampoco tenía ganas de hablar. Repentinamente empezó a extrañar a su hermana menor, a su madre, y a Boby, su perro mestizo, que a esa hora siempre rondaba la mesa buscando que le tiraran bocados. Un nudo apretado le cerró la garganta y los ojos le ardieron de tanto retener las lágrimas. Sol dejó de comer y fijó la vista en su servilleta. No veía la hora de irse a la cama para llorar a gusto sin que nadie la viera. También pensó en escribirle esa misma noche a su hermana, aunque no pudiera mandarle la carta todavía. De todos modos, sería un desahogo.

Cuando todas las luces del dormitorio estuvieron apagadas, Sol buscó en su mochila una linterna y un cuaderno de borrador. En la primera página escribió:

 

“Querida Rosita:

Prometo escribirte una carta cada vez que me sienta mal, pero no todas te las voy a mandar. Algunas voy a guardarlas para leértelas a mi vuelta. Podrás entender mejor las cosas que me pasan cuando te las explique personalmente”.

 

Y siguió desahogándose en el papel durante largo rato. Después apoyó la cabeza sobre la almohada y se quedó profundamente dormida.

 

Capítulo 2: Primer día de clase

 

-Señoritas, presten atención al trazado de los ríos. En cuanto termine mi explicación, voy a llamar a una de ustedes para que los señale en el mapa.

Elba, la profesora de Geografía, golpeaba impaciente el piso con puntero. La voz ronca y el golpeteo arrancaron a Sol de su sueño. Se había quedado dormida con la cabeza reclinada sobre una pila de libros. Alicia, sentada en el banco de al lado, bostezaba de aburrimiento.

-¿Qué estuvo explicando? No entendí nada -le preguntó.

-¿Qué te pasa, dormiste mal anoche? Mirá que a Elba le dicen “el Ogro” por la voz de trueno y por lo brava; a su materia casi nadie la aprueba. Me contó mi prima que…

-¡Usted, señorita! -gritó en ese momento la profesora-. Pase al frente a marcar los ríos -y señaló a Alicia con el puntero.

Ella se paró y, sin perder la calma, contestó:

-No puedo. Estaba distraída.

-Entonces tiene un uno. Alcánceme su libreta de estudios.

-No la traje.

Se oyeron risitas sofocadas.

-Su cuaderno de borrador entonces.

-En la lista que nos dieron no figuraba un cuaderno borrador para esta materia.

La profesora palideció de la furia, avanzó desde el frente, se acercó a Alicia y, apuntándole al pecho con el puntero, bramó:

-No se haga la graciosa, señorita, ¡salga inmediatamente de mi clase!

En las mejillas de Alicia, aparecieron dos manchones colorados.

-Está bien -y agregó entre dientes-: Pero usted no me apunte con esa cosa.

La frase, dicha en voz muy baja, no fue oída por nadie, a excepción de Sol. Antes de que pudiera reaccionar, Alicia había salido de la clase con la cabeza en alto y el paso firme.

Apenas se cerró la puerta, la clase quedó inmersa en un silencio sepulcral; no se oía ni el crujir de una hoja de papel, el menor susurro, el más leve taconeo de pies, como si las treinta alumnas allí reunidas hubieran dejado de moverse y de respirar.

La profesora de Geografía volvió al frente, apoyó el puntero contra el pizarrón y miró con severidad hacia la clase.

-¿Alguna otra quiere acompañar a esa señorita afuera?

Silencio absoluto.

-Muy bien -prosiguió-. Ahora abran su libro en la página diez y pongan en el mapa los nombres de los ríos. ¡Y ni una palabra!

 

Por fin tocó el timbre del recreo y Elba les dio permiso para salir. Sol no vio a Alicia en el corredor. La buscó en el patio: tampoco estaba. Deambulaba preocupada por la cancha de vóleibol, cuando alguien la tomó del brazo. Se dio vuelta esperando ver a su nueva amiga, pero se encontró frente a una chica rubia de pelo corto y ojos azules.

-¿Vos sos Sol, no? -dijo, y en su sonrisa espontánea se marcaron dos hoyuelos-. Alicia te manda este papel.

Le extendió una hoja de cuaderno doblada en cuatro. Sin abrirla, Sol le preguntó.

-¿Vos sos…?

-Clara, la prima. Vine esta mañana. Seguramente Alicia ya te habló de mí.

Sol asintió, un poco incómoda porque la chica le parecía simpática y recordaba muy bien las palabras de Alicia: “No hay que hacerle mucho caso a mi prima; está muy agrandada. Antes éramos amigas, pero ahora…”.

-¿Qué le pasó a Alicia? -preguntó en cambio.

-La profesora de Geografía le puso un uno en la libreta. Le dijo que, por ser la primera vez, no iba a hablar con la rectora, aunque si no estudiaba… le costaría mucho aprobar la materia.

-¡Eso no es justo! La clase recién empezaba y… yo tuve la culpa de que Alicia se distrajera.

-Ya le avisé a mi prima que tuviera cuidado con esa profesora. Las notas no las regala precisamente y es muy severa. Pero Alicia es rara, pocas veces hace caso de lo que le dicen. Salvo al abuelo… A él es difícil desobedecerle. -suspiró Clara.

-Alicia ya me contó que desde que murió su madre, todos hacen lo que su abuelo dice. Y que ella no quería venir a este colegio.

Clara la miró sorprendida.

-¿Ella te dijo eso?

Sol asintió.

-Bueno… ahora me tengo que ir. Empieza mi clase de Música. No te olvides de guardar el papel, que no te lo vea Ana, la celadora.

Clara se despidió con otra sonrisa, esta vez incómoda, y se fue antes de que Sol pudiera preguntarle dónde estaba Alicia o por qué no había venido ella en vez de enviarle una carta.

Intrigada, desdobló con nerviosismo el papel y leyó:

“Sol: dije que me dolía la panza y pedí permiso para ir a enfermería. La próxima hora no voy a clase. Si ya te despabilaste, visitame antes de que termine el recreo. La hermana Cora prometió dejarte entrar”. Alicia.

Sol miró su reloj de pulsera: faltaban cinco minutos para que terminara el recreo y ella no tenía la menor idea de dónde quedaba la enfermería. Pero había algo más: el tono de la nota no le gustó. No era un pedido, ni siquiera una propuesta amable; Alicia le ordenaba que fuera a verla; y, con ironía, hacía mención al incidente en clase. Seguramente la culpaba por lo sucedido. En eso pensaba Sol, cuando sonó el timbre para formar.

La próxima clase era de Instrucción Cívica. Y cuando todas esperaban resignadas a otra profesora exigente, las sorprendió la llegada de un señor morocho y simpático que se ganó la clase en un abrir y cerrar de ojos. Les habló de los romanos y de los griegos, de sus viajes a Italia y a Oriente Medio. Cuando quisieron acordarse, los cuarenta y cinco minutos habían volado.

En el siguiente recreo, más animada, Sol decidió superar su timidez y hablar con otras pensionistas. Las primeras en acercarse fueron las mellizas Berconi. Le habían llamado la atención en clase porque le recordaban a las protagonistas de su libro favorito. Tan sonrientes y animadas como aquellas, estas mellizas también se parecían como dos gotas de agua. Sin embargo, al mirarlas detenidamente, se advertían algunas diferencias. Ire (por Irene), parecía sentirse muy orgullosa de su cara y de su cuerpo de modelo, y miraba con aire lánguido o sorprendido detrás de sus largas pestañas. Ine (por Inés), también delgada, de pelo castaño e igual de bonita que su hermana, tenía una expresión inteligente y vivaz en sus ojos negros.

-Somos gemelas, por eso nos parecemos tanto -le explicó Ine muy sonriente-. Aunque yo soy la mayor, nací dos minutos antes.

-Pero siempre me quiere mandar como si me llevara diez años -le retrucó Ire con voz aniñada.

-Para que estudies un poco. Si no, en segundo nos separan -y le explicó a Sol-: Papá dijo que este es un año de prueba, si Ire sigue sacando tan malas notas, a una de las dos la cambian de colegio. Mamá cree que por estar conmigo, se vuelve más fiaca.

-Ine es muy traga, desde chiquita -se burló Ire, y sacudió su pelo castaño y brillante mientras se contemplaba con coquetería en el reflejo de una ventana.

-Y vos estás todo el día “volando” o mirándote al espejo, desde chiquita -le retrucó la otra. Pero enseguida cambió el tono irónico por otro maternal-; dame la gomita que te hago una cola. Si la rectora te ve con el pelo suelto… Es contra el reglamento.

-¡Odio tener el pelo atado! Se me cortajea. Y estos jumpers del uniforme son tan largos nos quedan horribles; parecemos monjas.

-¿Leyeron todo el reglamento? Yo no tuve tiempo. Ayer la rectora nos dijo a Alicia y a mí que tendríamos una charla sobre eso esta tarde.

Ine suspiró.

-La palabra NO figura todo el tiempo. Y una de las manías de la rectora tiene que ver con el uniforme. No se puede llevar corta la pollera. No se puede tener más de un suéter, que debe ser azul y bien finito. No se pueden usar medias de lycra debajo de las de lana tres cuartos. En invierno te morís de frío -se quejó Ine.

-¡Y nosotras, las pensionistas, tenemos prohibiciones especiales -intervino Ire-. No podemos hablar de noche en los dormitorios; no tenemos espejos en los cuartos; no podemos usar otro traje de baño que el que manda el colegio y…

-¿A quién le importa lo del traje de baño?… ¡Ire, no seas pava!

-…es horrendo, y de color verde. Además no sé cómo hacer para vestirme sin un espejo.

-Para mí lo peor es no poder salir a comprar algo. Qué se yo… una revista, una golosina, un birome en la librería…

-Es que tienen miedo de que alguna chica se escape para encontrarse con el novio.

-¡Otra vez estás diciendo pavadas, Ire! -se enojó la hermana.

-¿Pavadas? Se ve que te  de lo que pasó el otro año.

-¿Qué fue lo que pasó? -quiso saber Sol.

-El año pasado, una pensionista de tercero que estaba de novia se las arreglaba para verlo al chico todas las tardes.

-Se encontraban en la librería El Cóndor, que queda cruzando la avenida La Plata. Una vez la rectora entró por casualidad a la misma hora y los pescó. A la chica la expulsaron. Desde ese día, a las pensionistas de primero a tercero no nos dejan salir ni a la esquina. Las de cuarto y quinto sí, porque son las preferidas de Matilde.

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One thought on ““Enredos de Colegio”, leé los capítulos 1 y 2

  1. Muy ameno lo que escribís Maria ,una característica muy propia de tus libros,sean cuentos o novelas, es que los ojos a los lectores,no nos quedan atrapados,por el contrario se nos deslizan entre los personajes y sus aventuras,es como que entran en cada escena viviendola como testigos invisibles a sus protagonistas.

    Gracias por escribir historias que pueden vivirse,aunque sea por el tiempo que dure la lectura,eso es lindo!.

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